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A modo de memoria

Autobiografía prehistórica

Enrique Hernández-Luike

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Son muchos los amigos y curiosos de mi pasado histórico, con ganas de convencerme a escribir un libro de memorias. Por lo visto suelen demandarlo cuando uno ya va perdiendo la facultad de recordar.

Como aficionado al flamenco, por suerte reconocido con varios premios en el pueblo minero de La Unión y su festival, acostumbro a componer letras de cante. Uno de mis últimos fandangos dice así:

Por mucho que tú me cuides
los años son traicioneros.
Porque el amor me lo pide
te quiero decir te quiero
antes de que se me olvide.

Continuaré resistiéndome a escribir unas memorias completas para no equivocarme, pero hoy me voy a atrever a contar algo de mis inicios personales, literarios, de periodismo y como editor mínimo, hasta venir a estudiar a Madrid. Veremos si los recuerdos no me fallan.

Soy natural de Huelva, nacido en la calle Alfonso XII, frente al bar “El Tupi”. Mi padre era empleado del Bazar Mascarós, frente a la iglesia de La Concepción, donde me bautizaron. A los dos meses de mi nacimiento decidió dejar la empresa y fue contratado en García y Compañía, de Sevilla.

Con el tiempo, el cambio de domicilio me dio pie para una letra de cante titulada “Huelva”:

Soy del barro de tu orilla,
pero un día de levante
salí volando a Sevilla
como un flamenco emigrante.

Las alas, a contraviento,
sin volver la vista atrás,
doliéndome el pensamiento
de irás y no volverás.

Me gusta cantarte así:
A tu orilla la bendigo,
Huelva, soy parte de ti
y siempre vuelas conmigo.

Todavía no la ha cantado nadie, o no tengo noticias de ello. Yo no me atrevería por respeto al flamenco. Atreverse con el cante es una suerte.

Historia de Luike - familia del Conde de Lipa

1880. Luis Tarzenski, Conde de Lipa, con su esposa Magdalena Voisin y sus hijos

Sin embargo, siempre tuve la suerte de acertar en los negocios. Desde los 10 años me pareció algo natural gastarme por la mañana todos mis ahorros en tickets de los caballitos de la feria de Sevilla para venderlos por la tarde “para no esperar”. Su precio oficial era el doble. En el colegio hispalense de los Escolapios aprendí a cantar bien la misa de Perosi y la interpretaba por 7 pesetas en varias iglesias, entre ellas en la de San Vicente, donde se habían casado mis bisabuelos paternos, la francesa de Carcasona Magdalena Voisin y el militar polaco Luis Tarzenski, uno de los introductores de la fotografía en España, instruido en París por su amigo, el propio Daguerre.

Llegó a Sevilla con el Duque de Montpensier, pero aportó sus dotes militares en defensa de Isabel II. Su efectividad fue premiada por Joaquín María López, Presidente del Gobierno, con la Cruz de Caballero de la Real Orden de Isabel La Católica, el 8 de noviembre de 1843. Mi dedicación gráfica y luchadora, debe ser, pues, herencia familiar.

Con 12 años mi afición poética me ganó la amistad del Padre Rector, Moisés Rodríguez, escolapio salmantino, tío del mejor vendedor de Mercedes en Madrid. Para sorpresa mía, el Padre Moisés se aprendió mis versos infantiles y los recitó en el Ateneo de Sevilla en una conferencia titulada “Chispas del Yunque”. La poesía “me salvó la vida” porque descubrí una empresa fabricante de cuadernos, los compraba baratos y los vendía en el colegio a la mitad del precio oficial del Padre Gregorio, con la colaboración de compañeros debidamente comisionados. El Padre Moisés me libró de castigos y hasta me dio la oportunidad de diseñar el primer periódico mural, pero con renuncia a mi negocio competidor.

Con 13 años edité mi primera revista anual, tamaño de bolsillo, dedicada a la Semana Santa sevillana, con todas las cofradías, recorrido, horarios, estrenos, breve historia… Se titulaba “Lágrimas y Claveles” y era bastante útil para coincidir con el recorrido de las procesiones. Mis ingresos provendrían de la publicidad porque la edición se repartía entre los anunciantes para regalar a sus clientes.

A Recauchutados Ford, de los hermanos Abad, le gané (como anunciante) con un soneto. El segundo pobre cuarteto decía así:

Lo que Hermanos Abad recauchutara
no se le romperá ni en el infierno
pues lo mismo por dentro que en su externo
lo deja cual si nada le pasara.

Y también convencí como anunciante a Bella Aurora –cuyo jefe era Eduardo Cabadas– con una cuña radiofónica utilizada en Radio Sevilla: “Señora, el niño llora porque se quiere lavar con el Jabón Bella Aurora.” La contraportada quedó asegurada durante los seis años de vida de mi programa, y las cuentas salían bien. La experiencia me proporcionó la edición de la revista “San Miguel” para el gremio de ultramarinos.

Otro negocio fue la fabricación de zorros, también llamados sacudidores, para limpiar el polvo de los muebles. Una especie de fregona seca, formada por un palo, artísticamente torneado y unos veinte flecos de tela de orillo amarrados y sujetos con una punta a su extremo cónico. El otro extremo llevaba enlazada una cuerdecilla para colgar.

Contaba con varios “amigos obreros” bien pagados y abastecí hasta la plétora a todos los comercios de limpieza y ferreterías. Aquello duró más de un año, alternando con los estudios de Bachillerato, Comercio y Escuela de Artes, especializado en dibujos.

Edité un libro de contabilidad para la fábrica de confecciones Edlitam, amigos de mi padre. El proveedor de papel fue Armando Llorca, con pequeña empresa en calle Sales y Ferré, junto a La Alfalfa; el rayado de las hojas se hizo en el callejón al principio de la calle Cuna, con una máquina de hilos mojados en tinta de diversos colores, ideada y construida por el propio impresor; los enunciados de cuentas se imprimieron en la Cuenta del Rosario; y la encuadernación se hizo en un taller de calle Placentinas. Por su sencillez el libro se ganó el honor de ser utilizado durante varios ejercicios a plena satisfacción. Y yo mismo trabajé con él y allí me hicieron el primer traje durante casi dos años, como empleado, hasta fichar en el periódico “Sevilla”, junto a Nicolás Salas. Fuimos compañeros durante varios años en la especialidad de la entrevista, el reportaje y la caricatura. Yo me desplacé a Madrid a estudiar periodismo y Nicolás pasó a ABC, edición Sevilla, diario donde ascendió hasta el puesto de director. Hoy es el más apreciado historiador andaluz, con 52 libros editados y acaba de ser nombrado “Sevillano del Año” por el Rotary Club de Sevilla.

Antes de mi traslado a Madrid, hice la mili como voluntario, cabo en la sección de Justicia del Ejército del Aire, con el general Rodríguez Díaz de Lecea. Entrevisté para el periódico al escultor Luis Ortega Bru, quien recibió días después el encargo de tallar el Cristo de la Misericordia para el misterio de la Piedad de la Hermandad del Baratillo. El general Lecea le cedió el salón de recepciones del cuartel central del Aire en la calle San Vicente y el escultor consiguió mi colaboración como modelo de referencia para el Cristo, recostado sobre mi compañero Manuel Herrero Alfaro, a quien desde entonces familiarmente le llamamos “la virgen”.

Un año después, Luis Ortega Bru fue galardonado con la encomienda de Alfonso X El Sabio por su conjunto escultórico del Entierro de Cristo, una de las grandes obras de la Semana Santa en Sevilla. En este misterio fui su modelo para el San Juan. Mis veinticuatro recuerdos artísticos de Ortega Bru acabo de cederlos al Ayuntamiento de San Roque (Cádiz) para su exposición en el Museo Ortega Bru, algunos con temas del Motor muy interesantes.

Desarrollé en el periódico “Sevilla”, durante 1953-1954, dos páginas diarias dedicadas al medio centenar de cofradías de Semana Santa, como tema dominado por mí. Recogía la historia de las hermandades, estrenos en el año, concurso de saetas, entrevistas a los principales cargos. El publicitario tenía un camino fácil para captar anuncios de las empresas ligadas de alguna manera con las distintas hermandades.

Por aquel entonces, mi afición taurina me inspiró a hacer un diario (de una semana de duración) con una idea nueva: facilitar a los espectadores un anticipo de la corrida a presenciar: nombre de cada toro, peso, pelaje, cornamenta y orden de lidia, según el sorteo celebrado al mediodía en los corrales de La Maestranza. Informaba sobre los vestidos de los toreros y subalternos, nombre de estos protagonistas, –normalmente nunca citados–, apoderados, mozos de estoque y picadores. Entrevista con anticipo de algunas suertes, como el recibimiento del toro a porta gayola con una larga cambiada. Fue una idea de periodismo de anticipación, no a toro pasado. Se terminaba de imprimir dos horas antes de la corrida y su vendedor exclusivo era Curro, con quiosco de periódicos en La Campana. Se regalaba la edición con la obligación de vender, con varios auxiliares, a 50 céntimos cada ejemplar, a los espectadores camino de la plaza.

El día del estreno me resultó impresionante ver a tantos espectadores con el librito en la mano. La publicidad, lógicamente, vino sola, el negocio fue bien, pero… no seguí por el camino de los toros, porque ya estaba decidido por el periodismo del Motor. Me entusiasmaba su variedad internacional, sus emociones deportivas y su futuro de utilidad y desarrollo permanente.

Personalmente comencé con el uso de la moto (una Sanglas 400) junto a quien con el tiempo sería mi compadre, Pedro Rodríguez Alfaro, padrino de mi hija Eva. Se nos ocurrió resucitar el Moto Club de Andalucía en 1950 –junto a Manuel González Cabañas–, y lo celebramos con una carrera en el parque de María Luisa, con protecciones de sacos de paja cedidas por el Ejército. Me lo pasé muy bien y el acontecimiento fue muy agradecido en Sevilla. Estaba claro: debía apoyar al Motor en cuerpo y alma. Y con esa decisión seguí en el periódico y llegué a Madrid en 1954, con una beca de 500 pesetas mensuales, concedidas por “Semana” y la corresponsalía de “Moto Record”, revista creada por González Cabañas.

En la misma Escuela Oficial de Periodismo, mi profesor Luis Arranz Ayuso, redactor jefe de “Pueblo”, me fichó como colaborador para llevar la sección diaria “Kilómetro Cero”. Inmediatamente, con la colaboración de mis compañeros José Gómez Mar, Carlos Miguelsanz y Pepe Escamilla, creé la agencia de colaboraciones “Motor Press”, con trabajos ofrecidos a un centenar de medios entre Prensa y Radio; me surgió de inmediato la jefatura de edición de “Motociclismo”, propiedad del vendedor de motos Manuel Cantó.

Me incorporé a “Carrousel Deportivo” de la Cadena SER y exploté con éxito un programa del Motor junto al Maestro de Periodistas Virgilio Hernández Rivadulla. En 1957, ya propietario de la revista “Motociclismo”, preparé mi vida como editor múltiple y con mucha suerte.

Esta es mi sencilla prehistoria como profesional informativo dedicado al Motor internacionalmente durante sesenta años. Si mi trabajo ha servido de algo no soy el más indicado para confirmarlo. Mi máxima satisfacción es la cifra de 3.000 profesionales españoles, relacionados en el libro de la Fundación Luike “Quién es Quién en el Mundo del Motor”, editado al comienzo de este siglo, porque coincidimos en la elección de trabajo, algunos centenares empleados en mis empresas.

El resto de mi tarea personal está reflejada en la hemeroteca, con millares de semanarios, mensuales, anuarios y libros del Motor. ¿Quién se atreve a estudiarlos? Así, a bote pronto, sólo han sido unas 96.500 ediciones, con un total superior a los once millones de páginas en España, Portugal, México, Argentina y Brasil. Toda una vida, esa es la verdad, con trabajos difundidos en 250 millones de ejemplares. Ante estas cifras gigantes, en mi tierra se suele exclamar: ¡Madre mía! ¿Qué he hecho?

Un buen día, hace ya 60 años, todavía joven estudiante, convertí mi firma de LUIKE en marca informativa del Motor. Cuando pienso en los principios heroicos de nuestra especialidad, los visualizo en un noticiario ideal en blanco y negro, como un extenso NO-DO con la voz del maestro Matías Prats. Y, a continuación, se me inunda la memoria con el colorido de miles de publicaciones editadas en casa con el esfuerzo de excelentes profesionales, de cuyo crecimiento fui testigo y apoyo. ¡Cuántos lectores consideraron artículos de fe nuestras crónicas, pruebas y comentarios! Como ejemplo, siempre me emociona recordar al doctor Ramón Roca, lector de Lugo, coleccionista de toda nuestra producción editorial en España durante seis décadas. ¡Un brindis por su constancia y su hemeroteca, superior a todos mis recuerdos!

 

Luike-firma