Enrique Hernández-Luike No hay comentarios

JOYA HISTÓRICA DE SU PRIMER MÁNAGER, TOMÁS DÍAZ-VALDÉS

Cuantos disfrutamos con el permanente desarrollo de los vehículos a motor y sus deportes, hemos vivido con satisfacción los triunfos de Ángel Nieto y nos sentimos orgullosos de sus “Doce más Uno” Campeonatos Mundiales de Velocidad.
Nuestro colega de Prensa Tomás Díaz-Valdés ha recopilado historia y prehistoria de quien fue su pupilo desde la infancia, como el mejor biógrafo desde los inicios del Niño campeón.
Tres años antes del fatal accidente de Ángel Nieto, el autor me encargó un prólogo en el cual aporté un acontecimiento paralelo como recuerdo personal. Con natural emoción reproduzco mi aportación al excelente libro de Díaz-Valdés:

EL BESO DE ÁNGEL NIETO
Tomás Díaz-Valdés me quiso contratar generosamente para prologar este libro con su testimonio fiel sobre la vida deportiva e íntima de Ángel Nieto. En el primer contacto sobre el tema, decliné la oferta y le hice una proposición inversa: ¿Cuánto me cobrarías por permitirme ser autor del prólogo de tu biografía sobre el más formidable campeón mundial del Motociclismo? Porque, para mí, es un honor de oro de ley este hecho de levantar el telón para presentar el relato de “Las curvas de una vida” según Tomás Díaz-Valdés, conocedor, como nadie, de la vida y milagros del genial piloto.
Desde sus primeras sorprendentes competiciones, cuando solo se llamaba “El Niño”, en competencia con el fenómeno meteorológico, Ángel Nieto se hizo querer por la afición y respetar por sus competidores. Aunque algunos aficionados –y también expertos– llegaron a preguntarse su temor: ¿Cuánto nos va a durar? Algún casco, ciertamente, lo llegó a arañar. Uno de ellos lo ofrecimos a la Virgen de Orihuela del Tremedal (Teruel) cuando, con él a sus pies, desfiló en procesión por la localidad del genial periodista Federico Jiménez Losantos. Su padre era entonces el alcalde. Demostró ser una gran persona cuando me resolvió un problema mayúsculo. En mi sección del diario “Pueblo” invité a comer a todos cuantos se inscribieron para la concentración, una especie de Rocío Motociclista, a medio camino entre Madrid y Barcelona. Mis cálculos eran de unos cien participantes, pero las inscripciones los superaron. ¡Pasaron de cuatro mil! El alcalde, en cuanto lo supo me tranquilizó: “No te preocupes. El Ayuntamiento se hará cargo de todo”. Mató cuatro vacas, fabricó platos y cubiertos de madera y encargó el guiso de una serie de calderetas a los ancianos del lugar, quienes estaban muy agradecidos a la generosidad del Ayuntamiento, pues cada año repartía entre ellos los beneficios por corta de árboles de las fincas municipales. La reunión fue un éxito. Mosén Segundo, el cura de la ermita, estaba orgulloso de aquella procesión motorista. Y el casco de Ángel Nieto, a los pies de la Virgen, fue un pronóstico de protección ininterrumpida.
Ángel triunfó como piloto y como persona, ganándose la admiración mundial, y siempre pareció tener una ayuda especial en aquellos arriesgados adelantamientos increíbles e inteligentes.
Pero aún no he explicado el porqué del título de este prólogo. Es, sencillamente, un recuerdo mío de sincera emoción por un gesto del Supercampeón. Siempre me saludó cordialmente, esa es la verdad, pero en el funeral por Javier Herrero –mi inolvidable cuñado–, Ángel Nieto, en entrañable abrazo, me dio un beso de hermano. Yo lo comprendí enseguida: Era para Javier Herrero, quizás –aparte de Díaz-Valdés–, el periodista con más emoción nietista en las continuas crónicas sobre sus victorias en todas nuestras revistas de entonces. ¡Gracias, Ángel!

“Ángel Nieto, las Curvas de la Vida” está a la venta en Internet o en tu librería habitual.